In memoriam – Daniel Libardi

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Daniel Libardi nació el 12 de septiembre de 1955 en Bahía Blanca. A los veintipocos años, mientras estudiaba ingeniería agronómica en la Universidad Nacional del Sur, entró al diario La Nueva Provincia como cadete-pasante (qué lejos ha quedado el mundo de los 80) y pronto se dio cuenta  de que su lugar estaba ahí, entre las máquinas y las palabras. A fuerza de convicción, entrega casi obsesiva (cuando me contaba esta parte me decía: “volvía a casa para ducharme y cambiarme, agarraba la bici y me iba al diario de nuevo”) y una dosis mínima de caradurismo, se fue haciendo un nombre como redactor y traductor. Luego se metió también en la parte de diseño. En cuanto le dieron un poquito de espacio, empezó a hacer lo que más le gustaba: proyectar, adelantarse al futuro. Así nació “Ritmo Joven”, el primer suplemento que dirigió, junto con la emisión homónima en LU2, de la que fue locutor (tenía una voz muy linda, muy dulce). Desde esas plataformas daba difusión a artistas nuevos y acercaba al público local a las grandes figuras internacionales del momento. Además de viajar, entrevistar, traducir y trabajar mucho, durante los últimos tres años de ese programa tuvo la responsabilidad anual de recibir decorosamente el llamado balbuceante de su pequeña hija, quien insistía en desearle feliz cumpleaños por la radio y dedicarle “Happy Bithday to You” de New Kids on The Block. Daniel Libardi siempre accedió a pasar la canción y, para sorpresa de nadie, nunca terminó agronomía. 

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Se fue de Bahía Blanca con su familia en 1994, contento de dejar atrás el frío y el viento de esa ciudad mucho más gris de lo que su nombre indica. Fue jefe de redacción en el diario La Calle de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, donde volvió a innovar con excelentes resultados (cito el artículo: “Nos abrió un panorama diferente. Nos introdujo en el periodismo de investigación”). Además de revitalizar y rediseñar ese pequeño medio, asistió a numerosos actos escolares, elogió incontables dibujos de dudoso mérito y guió a varios grupos de curiosos alumnos de nivel primario por los corredores oscuros del diario y la imprenta. En cada iteración de esos recorridos figuraba la misma alumna especialmente orgullosa. Entre rosas chinas, islas flotantes y algún que otro tereré, Daniel Libardi fue, al menos a los ojos de esa joven testigo, muy feliz en esa época.

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En 1999, recibió la beca John S. Knight para estudiar en la universidad de Stanford. Solo ocho periodistas internacionales resultan seleccionados en cada convocatoria. Daniel Libardi había ganado dos becas antes y no había podido aceptar ninguna. Algo (la plata) no había cerrado. Guardó toda la vida la carta de 1985 en la que la Sociedad Interamericana de Prensa le preguntaba por qué no estaba haciendo los trámites para recibir la IAPA-Jules Dubois Scholarship. Pero esta vez fue distinto. Esta vez había ayuda y lo esperaban con Magui y Sil. Llegó feliz y nervioso (“nervios buenos” era su estado habitual) porque había mucho que aprender pero también mucho que demostrar. Tenía estándares altísimos para sí mismo y bajísimos para el resto del mundo. En Palo Alto, cursó más seminarios de los que entraban en el día, aprendió todo lo que pudo sobre el Silicon Valley y “el periodismo del futuro”, escribió, recorrió cada rincón del campus en bicicleta y, todos los sábados, fue al parque con su hija, con la excusa de enseñarle a jugar al tenis. Daniel Libardi exprimió cada instante de su paso por California y no consideró un fracaso personal que su hija resultara pésima para el tenis. 

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Volvió a Argentina cuando le propusieron convertirse en el gerente general del diario El Ancasti, en Catamarca. Fueron años serios, de mucha responsabilidad en un país inestable. Cuando el tiempo lo permitía, ayudaba a una adolescente inconformista y dubitativa a entender Física de polimodal.  Daniel Libardi, algo frustrado por el hecho de entender mejor el primer principio de la termodinámica que a su angustiada progenie, respiró aliviado cuando su hija terminó la escuela secundaria con muy buenas notas.

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En 2010 fundó y se convirtió en el primer director de El Esquiú.com. Para entonces hacía años que quería hacer funcionar un portal de noticias. Poco después condujo Nuevo Diario en Santiago del Estero. Hubo, además, numerosas consultorías en otros medios, pocas vacaciones, muchas tardes de mates y charlas sobre el futuro con su hija adulta, a quien comenzó a entender cuando se dio cuenta de que, como él, solo iba un poquito adelantada a su época. 

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En los últimos años regresó a Bahía Blanca y se convirtió en el representante de El Esquiú.com en la Asociación Federal de Editores de la República Argentina (AFERA). Siguió tomando mates con su hija, mandándole chistes por mail y conversando con ella cada vez que pudo.

Daniel Libardi tenía aficiones: la música, el básket, los autos y la totalidad del estado de Florida. También le gustaba el pan, el asado y el chocolate amargo. Nunca estuvo internado. Leía muy poca ficción. Siempre estaba ridículamente bien informado. Hacía cálculos mentales con una facilidad impresionante. Silbaba y cantaba todo el tiempo. 

Muchos en estos días lo recordaron como una buena persona y muchos más como un excelente profesional, colega y mentor. Conmigo siempre fue sabio, irreverente y divertido. Teníamos toda clase de juegos. Cuando cenábamos me decía: “A ver, si adivinás esto te ganás…” y de pronto empezaba un certamen absurdo, que siempre me dejaba ganar. En conjunto, nuestros bromas compartidas forman una especie de código secreto. Las repito desde hace semanas, y me contesto sola.

Daniel Libardi era mi papá. Si a veces escribo es porque él escribió antes. Por él soy profesora, por él empecé una revista en mi colegio a los doce, por él pedí ir a un instituto de inglés a los seis.

Fue una muerte buena: repentina, contundente y, según lo que leí, sin dolor. Estaba dormido. Un día normal seguido de un instante que cambió todo. Necesito creer que existen las muertes buenas y también necesito creer él tuvo una muerte buena.

Hay un capitán italiano en el medio del Atlántico que cuando se enteró de la muerte de Daniel Libardi, cantó baladas de los setenta en su honor (lo sé porque tengo los audios). Otro amigo, el periodista Juan Boglione, le dedicó el texto que dejé al final de esta página. 

Leí mucho estas semanas. Porque la información es control. O hace que uno sienta que tiene un poquito de control, es todo lo mismo. Para hablar de duelo recomiendo H is for Hawk y, en especial, The Year of Magical Thinking.  Tuve que, muy a conciencia, dejar de lado el privilegio enorme que envuelve a las escritoras-narradoras y que yo ciertamente no comparto, pero ambos me ayudaron, un poco, a aceptar que esto que siento es locura, y es normal. Podría terminar acá, decir que la literatura es mi refugio y que me permite convivir con este dolor insondable, desesperante, pero sería mentira. Sí, le robé al menos dos frases a Didion en lo que va de este texto, pero nada ayuda. Aun así leo, casi obsesivamente, sobre el duelo, sobre el dolor, sobre las cardiopatías. Leo estudios médicos y ensayos literarios y posts en foros de gente como yo, que de golpe perdieron a su papá y lo extrañan mucho. Todo ayuda y nada ayuda. Leo porque necesito saber que esto puede pasar, que por más incomprensible que parezca siempre fue una posibilidad estar, de un momento para el otro, sin él. Sin él. Para mí no hay razón ni rima ni propósito ni paz sin él.

Lo que sí hay es una creencia difusa en que nada de esto es cierto, en que él va a leer estas palabras como leyó todas las demás que he escrito, en que si digo todo lo que tengo que decir y lo digo bien él va a volver. Esa es la locura normal.

The center cannot hold, dice el poema de Yeats. Me parece que es la metáfora que mejor se ajusta a lo que pasó, y eso que he leído decenas de metáforas para el duelo en estas semanas. El 4 de febrero de 2020 hubo una explosión. La onda expansiva dejó mi mundo, el mundo en el que él era el centro, reducido a una ruina. No puedo hacer nada con todas estas cenizas. Tampoco puedo terminar este texto.

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