Hearn, Japón y los mosquitos

Lafcadio Hearn nació en la isla de Leúcade o Lefkada, Grecia, en 1850. Su padre era irlandés y su madre, griega. Tras una infancia difícil en Dublín y con tan solo diecinueve años, se estableció por su cuenta en los Estados Unidos y trabajó como periodista en Cincinnati y Nueva Orleans. Viajó luego a la isla de Martinica, donde fue corresponsal para la revista Harper’s durante dos años. Su vida, sin embargo, cambió radicalmente en 1890, cuando llegó a Japón. Allí, se casó con una mujer japonesa, obtuvo la ciudadanía, adoptó el nombre Koizumi Yakumo y se desempeñó como profesor y periodista hasta su muerte, en 1904. De hecho, entre 1896 y 1903 estuvo a cargo de la cátedra de Literatura Inglesa en la Universidad Imperial de Tokio que, a partir de abril de 1903, pasó a estar a cargo de Natsume Soseki. Lamentablemente, la historia de este cruce es más bien amarga: tanto para Hearn como para varios de sus alumnos, el despido había sido injusto, y la situación repercutió negativamente en las primeras experiencias en la universidad de su sucesor (quien, además, no tenía en alta estima la didáctica ni el estilo literario de su antecesor).

Más allá de todo esto, el legado de Hearn –la razón por la que hablamos de él hoy– son los textos literarios que produjo como resultado de su estadía en Japón. En sus diarios de viaje, ensayos y reversiones de cuentos tradicionales japoneses se constata el afán de explorar la esencia del país que había llegado a fascinarlo. Fue un gran intérprete de la cultura japonesa y uno de los primeros en difundirla entre el público occidental. Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things probablemente sea su obra más conocida.

El texto que se presenta a continuación se ha extraído, efectivamente, de Kwaidan, pero no es una de las famosas versiones de Hearn, sino uno de los ensayos de la segunda parte, «Insect Studies». La elección puede parecer extraña, pero uno de los recuerdos más vívidos de mis viajes a Japón es el verano que pasé allí. Esa estación se siente casi como un sueño febril, con calor extenuante y humedad opresiva, inquietantes insectos y tiempo estancado. Recuerdo el haiku de Takahama Kyoshi (1874-1959) (que, vaya casualidad, también escribió uno sobre Lafcadio Hearn y un mosquito) que dice:

短夜や 夢も現も 同じこと
Noches cortas de verano:
El sueño y lo real
son lo mismo.

En el fondo de esta pintoresca reflexión de Hearn, puedo sentir el estío japonés.


«Mosquitos» de Lafcadio Hearn
Traducción de Magalí Libardi

mosquitos

Con vistas a la autoprotección, estoy leyendo el libro del doctor Howard titulado Mosquitoes. Los mosquitos me persiguen. En mi barrio hay varias especies, pero solo una constituye un verdadero tormento: un bichito diminuto y punzante, lleno de manchas y salpicaduras de plata. Cuando perfora, se siente como una quemadura eléctrica, e incluso su zumbido tiene una cierta cualidad lacerante que anticipa la índole del dolor que acaecerá, del mismo modo en que ciertos olores revelan de antemano un sabor determinado. Este mosquito se asemeja mucho a la criatura que el doctor Howard llama Stegomyia fasciata o Culex fasciatus, y sus hábitos son los mismos que se describen para el Stegomyia. Por ejemplo, es diurno en lugar de nocturno y especialmente problemático durante la tarde. También he descubierto que proviene del antiguo –antiquísimo– cementerio budista que se encuentra detrás de mi jardín.

El libro del doctor Howard afirma que, para erradicar los mosquitos de todo un barrio, solo hace falta verter una pequeña cantidad de petróleo o kerosén en el agua estancada en la que se reproducen. Hay que usar, una vez por semana, «30 mililitros por metro cuadrado de superficie de agua o una cantidad proporcional para cualquier superficie menor»… ¡Pero esto no tiene en cuenta las características de mi barrio!

Ya he dicho que mis torturadores llegan desde el cementerio budista. Frente a casi todas las tumbas de ese viejo cementerio se encuentra un depósito de agua, un pequeño aljibe, llamado mizutamé. En la mayoría de los casos el mizutamé es una simple cavidad oblonga tallada en el ancho pedestal sobre el que se erige el monumento, pero frente a las tumbas más costosas, que no tienen un pedestal-aljibe, se ubica una pila más grande, tallada en un bloque único de piedra, y decorada con el escudo familiar o con tallados simbólicos. Frente a las tumbas más humildes, que no tienen mizutamé, el agua se deja en vasijas u otros recipientes pequeños, pues los muertos siempre deben tener agua. También hay que ofrecerles flores, y frente a todas las tumbas hay dos floreros de bambú o algún otro tipo de jarrón y estos también, por supuesto, contienen agua. En el cementerio hay un pozo del que se extrae agua para las tumbas. Cuando los familiares y amigos del difunto lo visitan, se cambia el agua de esas vasijas y del aljibe o la pila. Pero, como un cementerio antiguo de este tipo tiene miles de mizutamé y decenas de miles de floreros, no hay forma de que el agua de todos se cambie diariamente. Queda estancada y se llena de seres. Los depósitos más profundos casi nunca se secan; llueve tanto en Tokio que todos contienen al menos algo de agua durante nueve de los doce meses del año.

Bien, es en estos depósitos y floreros donde nacen mis enemigos. Se elevan de a millares desde las aguas de los muertos y, según la doctrina budista, es posible que algunos sean reencarnaciones de esos mismos muertos, condenados por los errores de sus vidas pasadas al estado de Jiki-ketsu-gaki, o pretas, o espíritus atormentados y sedientos de sangre… Lo cierto es que la malicia del Culex fasciatus  justifica cualquier suposición de que un retorcido espíritu humano se ha comprimido en ese diminuto cuerpo zumbante…

Ahora bien, con respecto a la cuestión del kerosén, se pueden exterminar los mosquitos de cualquier lugar cubriendo todos los depósitos de agua estancada allí presentes con una fina capa de kerosén. Las larvas mueren cuando salen a respirar y las hembras adultas, cuando se acercan al agua para depositar los huevos. Y, según el libro del doctor Howard, el costo total de erradicar los mosquitos de un pueblo estadounidense de cincuenta mil habitantes ¡no excede los trecientos dólares!

Me pregunto cuál sería la reacción si el gobierno de Tokio, que es agresivamente científico y progresista, de pronto exigiera que todas las superficies de agua de los cementerios budistas se cubrieran,  a intervalos regulares, con una capa de kerosén. Una religión que prohíbe terminar con cualquier forma de vida, incluidas las invisibles, ¿aceptaría semejante orden? ¿Podría la piedad filial siquiera considerar cumplirla? Además, hay que pensar en el costo, tanto de mano de obra como de tiempo, que implicaría verter kerosén cada siete días en los millones de mizutamé y decenas de millones de floreros de bambú de los cementerios de Tokio. ¡Imposible! Para deshacerse de los mosquitos habría que demoler los antiguos cementerios, y eso provocaría la ruina de los templos budistas anexos, y se perderían todos esos bellos jardines, con sus estanques de lotos y monumentos escritos en sánscrito y puentes jorobados y tumbas sagradas y budas de sonrisa enigmática. Es decir, la exterminación del Culex fasciatus significaría la destrucción de la poesía del culto ancestral… ¡y, sin dudas, ese es un precio demasiado alto!

Además, me gustaría, cuando llegue mi hora, que me dejaran descansar en algún cementerio budista de estos tan antiguos, para que mis compañeros espectrales también sean antiguos, y no les importe para nada la moda, ni los cambios, ni las desintegraciones de la era Meiji. El viejo cementerio detrás de mi jardín sería un buen lugar. Allí todo es hermoso con una hermosura extravagante e insólita. Cada árbol y cada piedra ha sido moldeado por un ideal antiguo, tan antiguo que ya no existe en ninguna mente viva. Ni siquiera las sombras pertenecen a este tiempo o a este sol, sino a un mundo perdido, que no conoció el vapor, ni la electricidad, ni el magnetismo… ¡ni el kerosén! Además, en el retumbar de la gran campana hay algo curioso que despierta sensaciones extrañamente escindidas de la parte de mí que pertenece al siglo diecinueve. Percibirlas, aún de modo vago e incierto, me llena de terror, de un terror delicioso. Siempre que oigo ese tañido hinchado me vuelvo consciente de la agitación y el revoloteo de la parte más insondable de mi espíritu; es como si los recuerdos intentaran llegar a la luz a través de la oscuridad generada por millones de muertes y nacimientos. Espero quedarme donde pueda seguir oyendo esa campana… Y, puesto que siempre cabe la posibilidad de quedar condenado al estado de Jiki-ketsu-gaki, me gustaría que se me permitiera a mí también reencarnar en algún florero de bambú, o en un mizutamé, para poder salir despacio, zumbando mi canción aguda y punzante, a morder a algunas personas que conozco.


Takahama Kyoshi:

くはれもす八雲旧居の秋の蚊に
Mordido sin resistir
por un mosquito otoñal
de la vieja casa de Yakumo*

*El nombre japonés de Lafcadio Hearn.

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